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Según cuenta el mito azteca, cuando el dios Quetzalcóatl bajó a la Tierra y se casó con la bella princesa de Tula, para celebrarlo, creó un paraíso donde había todo tipo de piedras preciosas, plantas y árboles, entre los que se encontraba el árbol del cacao. Pero éste era el alimento de los dioses, y ellos, enojados, quisieron vengarse de Quetzalcóatl por haberlo robado y asesinaron a su esposa. Sin nada que hacer, Quetzalcóatl lloró sobre la tierra ensangrentada y ahí mismo brotó el cacahuaquahitl, un árbol con el mejor cacao del mundo. Es por eso que se dice que su fruto es “amargo como el sufrimiento, fuerte como la virtud y rojo como la sangre de la princesa”.

Lo cierto es que el cacao fue descubierto en la cuenca amazónica, y durante un largo tiempo se aclimató en Mesoamérica, la región formada por América Central y México. Si bien no hay registro exacto del momento, se estima que el origen se remonta a alrededor de 1900 a.C. Las culturas olmecas, mayas y aztecas fueron las primeras en reconocer su valor. Ellas veían al cacao como un alimento sagrado y su consumo se consideraba un acto ceremonial que permitía conectarse con los guías espirituales. 

Al principio, el cacao era consumido en forma de una bebida amarga y espumosa llamada “xocoatl” o “chocolatl”, elaborada con las semillas de la planta tostadas y molidas. Esta bebida estaba reservada exclusivamente para la élite y se creía que tenía cualidades mágicas, energéticas y curativas. Su valoración era tal, que incluso algunas culturas lo utilizaban como moneda de intercambio.

Espíritu femenino

Dentro de la cosmovisión ancestral, se asociaba al cacao con la fertilidad, la abundancia y la vida. Por lo tanto, se consideraba que el espíritu del cacao era femenino, representando la energía creadora. Las culturas andinas trabajaban con diferentes plantas como métodos medicinales y, por esta razón, conocían a los espíritus detrás de ellas. Así, con el deseo de conectar con sus propiedades energéticas, utilizaban a esta planta en diversas ceremonias y rituales. 

Al día de hoy, esta creencia continúa, por eso durante el ritual del cacao esta planta es capaz de guiar a las personas de manera suave y receptiva a esos estados de conciencia superior. A diferencia de otras plantas alucinógenas, el cacao se activa de a poco en el cuerpo y por eso se dice que es una planta contenedora, muy maternal en la manera de expresarse y de sanar. 

Al mismo tiempo, el cacao también se ha relacionado con la diosa de la tierra y la fertilidad en diversas culturas andinas. Por ejemplo, en la mitología maya, existe la figura de Ixcacau, la diosa del cacao y del maíz, que simboliza la fertilidad de la tierra y es venerada como la protectora de los cultivos. 

Además de estas asociaciones simbólicas, el papel de las mujeres en el cultivo y procesamiento del cacao ha sido fundamental en las comunidades andinas. Históricamente, las mujeres han desempeñado un rol central en la producción del cacao, desde la siembra y cuidado de los árboles hasta la preparación de las semillas y la elaboración de la bebida. Las mujeres andinas han transmitido sus conocimientos y técnicas tradicionales de generación en generación, preservando la conexión entre esta planta sagrada y el espíritu femenino.

Conquista del mundo

El cacao fue introducido en Europa después del contacto entre los europeos y los pueblos mesoamericanos durante el período de conquista y colonización. Los españoles, en particular, jugaron un papel clave en la difusión del cacao en Europa y en el desarrollo de nuevas formas de consumo, como el chocolate caliente con leche y azúcar. Si bien este alimento ha sido cultivado durante siglos en las culturas indígenas de las regiones andinas de Sudamérica, en países como Perú, Ecuador, Colombia y Bolivia, a lo largo de los siglos se fue popularizando en todo el mundo hasta convertirse en uno de los ingredientes más apreciados y utilizados en la industria del chocolate. 

Un producto estrella

Además de su valor cultural y ritual, el cacao también tiene grandes beneficios nutricionales. Está lleno de compuestos bioactivos, como flavonoides y polifenoles, que actúan como antioxidantes en el cuerpo; y contiene minerales como hierro, magnesio, potasio y zinc, así como vitaminas del grupo B. Al mismo tiempo, el consumo de cacao juega un papel clave a la hora de estimular la producción de serotonina en el cerebro, también conocida como la “hormona de la felicidad”. Por esta razón, se dice que el cacao es un alimento antidepresivo, que genera alegría, mejora el humor y reduce el estrés; y en algunas culturas sigue siendo utilizado con fines medicinales. 

En la actualidad, el cacao es ampliamente utilizado en la producción de chocolate y otros productos alimenticios. El cacao se procesa para obtener manteca de cacao y cacao en polvo, que son ingredientes fundamentales en la elaboración de diferentes tipos de chocolate, como chocolate con leche, chocolate negro o blanco. Sin embargo, en las regiones andinas, todavía se cultivan variedades tradicionales de cacao y se mantiene la tradición de su consumo en forma de bebida. Las comunidades andinas han conservado sus conocimientos y técnicas ancestrales en el cultivo y procesamiento del cacao; y muchas de ellas practican la agricultura orgánica y sostenible, respetando los ciclos naturales y evitando el uso de pesticidas y fertilizantes químicos.

Aunque también, el cacao se utiliza de diversas formas en numerosas industrias. En la industria cosmética, por ejemplo, la manteca de cacao se emplea para la elaboración de productos para el cuidado de la piel y el cabello. Así, se encuentra en lociones, cremas hidratantes y bálsamos labiales. En la antigüedad, los usos medicinales y cosméticos del cacao también eran inagotables. El aceite que se extraía de la semilla se utilizaba como aromatizante, y con la manteca de cacao que se obtenía de la grasa de las semillas se preparaban pomadas para tratar problemáticas como la sequedad de la piel, las quemaduras y los labios agrietados. 

Aún hoy el cacao y las culturas andinas mantienen una conexión profunda y significativa. Esta planta sagrada ha sido un alimento fundamental en las tradiciones y rituales de estas culturas, y las comunidades andinas continúan cultivándolo y preservando su rica herencia cultural. Un alimento divino con el que Quetzalcóatl premió a los hombres y conquistó el mundo.

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